Cuentos Que Curan

Por Miguel Rico Lopez - Psicólogo


Lian

El señor Lo es un pescador solitario. Su junco es su hogar. Está triste, este año hay pocos peces. Se pasa los días esperando.

Un día de tormenta, una mujer muy, muy anciana, pide al señor Lo que la lleve al otro lado del lago.
Una vez en la otra orilla, la anciana le dice:

—Gracias, pescador. Aquí tienes unas semillas que te traerán buena suerte porque vienen de la boca de un dragón.

Llega la noche, el señor Lo planta con delicadeza las semillas.

De repente, un campo de loto empieza a crecer.

Esa misma noche, el señor Lo es despertado por una dulce melodía que parece venir de las flores. Una de ellas brilla extrañamente en la oscuridad.

—Lian, Lian —canta la flor de loto.

Y de repente, sus pétalos se abren descubriendo a una niña dormida.

La niña se despierta y se pone a revolotear.

Es Lian.

—¡Cambia! — dice Lian tocando el junco del señor Lo con la punta de su loto mágico. Y el junco se transforma en un extraordinario barco lacado en rojo.

No necesita más que rozar la mesa y al instante aparece una opulenta cena. Roza al señor Lo y sus ropas de algodón se convierten en un traje de seda más suntuoso que el del emperador.

Cada noche a la misma hora Lian se despierta, sale de la flor de loto y hace aparecer tanto pescado que el señor Lo puede repartirlo entre todos los habitantes del pueblo.

Pero a medianoche, Lian ha de volver a dormir a su flor.

La noticia de la suerte del señor Lo corre como el viento.

Llega a oídos de Tan, la hija del prefecto.

—¡Que alguien traiga a esa Lian, la quiero! —dice.

Los guardias del prefecto parten en su busca.

Pero el señor Lo se niega a decirles dónde se encuentra Lian. Entonces los soldados montan en cólera. Prenden fuego al barco y destrozan el campo de loto.

Y hacen prisionero al señor Lo.

Al despertar, Lian está sola en medio del desastre.

Pero sabe a quién acudir. Va a ver a la anciana mujer, a la cumbre de la montaña.

La anciana mujer le dice:

—La injusticia, la codicia y la crueldad no triunfarán. Sécate las lágrimas y ve a salvar al señor Lo.

Lian corre hasta la morada del prefecto. Ningún fiero guardián puede detenerla.

—¿Quieres liberar al señor Lo? —dice el prefecto—. Es muy fácil. Toma tu loto mágico y transforma todo lo que ves aquí en oro.

Lian obedece. Con la punta de su loto, toca todo lo que ve. Incluso hace aparecer joyas.

El prefecto está loco de felicidad, pero… para su hija, Tan, parece que no es suficiente. Alarga la mano para apoderarse del loto mágico.

—¡No! —grita Lian—. ¡No lo toques!

Pero es demasiado tarde. Apenas Tan roza el loto se convierte en oro y se queda tan inmóvil como una estatua.

—¡Hija mía! —exclama el prefecto—. Lian, te lo suplico, devuélveme a mi hija.

—Es imposible —dice Lian con tristeza—. Tan ha tocado el loto. El hechizo se ha roto. Mi flor ya no es mágica.

El prefecto está desesperado.

Libera a Lian y al señor Lo.

Adiós magia, adiós vestidos de seda, adiós cestas llenas de pescado. Hay que volver a construir un barco y pescar con las manos.

Pero a partir de ese momento Lian es una verdadera hija.

Ya no vivirá más en una flor y está feliz de crecer junto a un padre que se ocupa de ella.

Lian


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Abismos

Hacía semanas que no los oía. A Raúl le resultaba extraño que ya no estuvieran deambulando por el jardín los ratoncitos que durante todo el verano lo habían acunado con sus mínimos pasitos en la pared contra la que estaba acomodada su cama.

Se levantó de prisa asustado y descubrió que ya no quedaba ninguno; se habían marchado sin despedirse. Los días siguientes fueron tristes y solitarios para el niño y dejó de reír y de sonreír como solía hacerlo.

Cuando su madre le preguntó qué le ocurría, él le manifestó su tristeza por la ausencia de los ratoncitos. ‘Ni siquiera les había dicho lo especiales e importantes que eran para mí’, sollozaba convulsionado por la pena. ‘No te preocupes, ya volverán’, fue la tranquilizadora respuesta de su madre.

Efectivamente, los ratoncitos regresaron. Pero cuando lo hicieron, había pasado demasiado tiempo y Raúl no los recordaba: se había convertido en un joven apuesto al que ya no le interesaban los asuntos de la infancia, preocupado en volverse mayor.

Por mucho que los visitantes rascaron las paredes, Raúl no les prestó atención. Y continuó con su vida adolescente como si nada. En el fondo de su alma el hueco del abandonado sufrido en la infancia continuó horadando silenciosamente y todos sabemos que, tarde o temprano, volvería a cobrar protagonismo en su vida; porque el tiempo no cura las heridas.

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La piedra negra

Era la única. Se cansaba de ser tan distinta. Todas las demás piedras tenían su propio clan pero ella siempre andaba aliándose con alguna descarriada sin encontrar un grupo donde sentirse contenida. Piedras amarillas, rojas, blancas y grises formaban equipos, paseaban, reían con otras de su especie; pero ella toda negra, no conocía a nadie que se le pareciera.

Una tarde decidió marcharse, ‘quizás en otro río todas las piedras sean negras’, se dijo. Nadie la echó de menos; es lo que sucede con los números impares: molestan, desproporcionan y es mejor que sean recortados de la ecuación. Comenzó a recorrer el lecho del río; anduvo kilómetros y kilómetros pero lo único que hallo fue más de lo mismo: piedras amarillas, rojas, incluso con pintitas de varios colores, pero no encontró ninguna piedra negra.

Un día en el que después de una caminata agotadora se había tirado a descansar le sucedió algo insólito. De pronto, todo se puso oscuro y el suelo comenzó a moverse. No podía ver nada, sólo oía voces de alegría a su alrededor. Cuando abrió los ojos notó que estaba en una caja de vidrio, apoyada sobre una cómoda alfombrilla y muchísima gente la observaba con devoción. Comenzó a sonreír porque eso era lo que había visto hacer a las piedras cuando otras las mimaban.

Cuando se hizo de noche, la gente se fue y todas las luces se apagaron. Con la escasa luz pudo ver, sin embargo, que a su lado había una piedra lila. Comenzaron a charlar y a contarse sus vidas: que eran algo parecidas. Su nueva amiga le dijo que estaban allí por exóticas. ‘Estas personas disfrutan de hallar piedras extrañas y las ponen aquí para que otros vengan a vernos. ¡A que es curioso!’.

Pasaron los días: de día había que estarse quietecita para que la gente la observara sin notar nada raro, pero por las noches podía acercarse a su amiga y reírse un buen rato. En uno de esos encuentros nocturnos su amiga Lila le propuso que se fugaran. Sonaba interesante: ambas estaban cansadas de tanta quietud. Así que se marcharon esa misma noche, haciendo trizas la vitrina en la que se hallaban guardadas. Lila le había dicho que conocía un lugar, y hacia allí la llevó. Era literalmente un paraíso; allí vivían piedras de todos los colores, y muchas de ellas eran negras y otras, lilas. Desde entonces viven juntas en ese espacio, felices en su rareza.

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Muñeco de madera

No había nada que Eliseo deseara con más intensidad que ese muñeco de madera de brazos livianos; parecía tener la habilidad de volar, porque al sus brazos rozaban el aire con una elegancia que el niño sentía que en cualquier momento podría encontrarlo flotando en el aire como un barrilete. Cada tarde pasaba por la juguetería, lo miraba desde la vidriera y observaba su precio. Nunca había visto tanto dinero junto. Sabía que jamás podría tenerlo. Sin embargo, apoyaba la nariz contra el vidrio, miraba sus ojos y esos brazos y volaba por un ratito.

Una tarde, el dueño de la juguetería se le acercó y le preguntó por qué siempre se quedaba ahí, inmóvil. El chico sintió tanta vergüenza que se fue corriendo. Durante unas semanas, aunque sentía profundos deseos de hacerlo, no apareció por esa calle.

Cuando finalmente ya no pudo más con sus deseos de ver al muñeco, fue a la vidriera cauteloso, intentando que nadie lo viera. El muñeco de madera no estaba. Se quedó un rato, observando cada esquina del escaparate, anhelando encontrárselo en una esquina sin poder calmar esa tristeza. Durante toda la semana fue hasta la juguetería. La ida desde su casa era amarilla, iluminada por la esperanza de encontrarse con su amiguito; pero la vuelta era de un gris oscuro intenso, ya no volaba su imaginación, solamente sentía tristeza y desánimo.

Pasó el tiempo y lentamente Eliseo fue olvidándose de esa extraña fascinación. Muchos años más tarde, pasaba por casualidad por la juguetería, a cuyo escaparate ya no iban sus ojos, y al rodear la esquina descubrió que apoyado en el vidrio había un niño que observaba intensamente un muñeco de madera idéntico al que amara en su infancia. Entró, saludó al juguetero y compró el juguete. Al salir, el niño había desaparecido. Lo buscó durante días, deseando darle ese juguete, hasta que finalmente desistió.

Una tarde, al volver del trabajo, sus ojos se toparon con los puntos negros del muñeco de madera; lo miraba profundamente y lograba llegar a un sitio de su ser al que ni siquiera él se atrevía a mirar: un sitio donde volar era posible y a donde sólo esas manos de madera podían llevarlo.Imagen relacionada


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