¿Qué es el especismo? Parte 2

¿Qué es el racismo?

Cuando el antirracista habla de esta igualdad humana, ¿qué quiere decir? En matemáticas, se dice «Pedro = Juan» si son dos nombres para la misma persona. No se trata de eso. Los Negros y los Blancos, generalmente, no son iguales por el color de su piel, ya que justamente es diferente. La igualdad de la que habla el antirracista se opone a la desigualdad de tratamiento de la que son víctimas algunos debido al color de su piel.

Si embargo, la expresión «desigualdad de tratamiento» es en sí misma insuficientemente clara. Si fuera médico, a veces trataría a Negros y Blancos de forma diferente: puesto que la piel negra absorbe menos los rayos solares, los Negros, en un determinado país, corren menos riesgo de contraer cáncer de piel. Constatarlo no es ser racista, como tampoco lo sería constatar, si así fuera el caso, que un determinado color de piel sólo presenta ventajas respecto a otro. El antirracismo no puede basarse en la hipótesis aventurada de una repartición equitativa de favores de la «Madre Naturaleza» entre sus «hijos», ya que este tipo de hipótesis, como veremos, no tiene porque ser cierta, y, de hecho, la mayor parte de las veces, es falsa.

En cambio, seguramente sería racista dar más o menos importancia a los intereses -a la salud, por ejemplo- de los Negros que a los de los Blancos. Sería racista decir: el color de la piel de un ser justifica que se le prive de algunas ventajas, es decir, que se le conceda menos importancia a sus intereses.

Si tal fuera la postura de los racistas, si solamente se basara en el color de la piel, sería fácil contradecirla; pero, no es así. Hace unos años, leí una historia acerca de una Blanca negra surafricana. La piel de esa señora blanca se había vuelto completamente negra a raíz de una enfermedad. ¡Una vergüenza de cara a los vecinos! Para que pudiera acceder a los autobuses para Blancos, etc., las autoridades tuvieron que entregarle una tarjeta especial certificando que, aunque fuera negra, era blanca.

Por consiguiente, para los racistas, no es el color de la piel lo que justifica la discriminación. ¿Qué es lo que justifica la discriminación en este caso? ¿Qué dice el racismo al respecto? Para poder contradecir una ideología, primero hay que decirla; y el poder de la ideología racista, sin duda, debe mucho a que nunca se dice realmente y por consiguiente tampoco se contradice del todo.

¿Qué es un Negro?

Para el racista es muy importante quedar, definitivamente, del buen lado de la frontera que él mismo delimita. La raza es un buen criterio para ello, ya que el que nace blanco, salvo excepción, sigue siendo blanco. Pero no basta con tener una frontera, sino que además la definición de esta frontera debe parecer que justifica la discriminación. El color de piel es un criterio realmente insuficiente, hay que dar sustancia, consistencia a la idea misma de raza. Un Negro debe ser negro hasta la médula. Se debe percibir la raza de un individuo como su verdad profunda, como su naturaleza. Negro o blanco, un Negro nacido de Negros debe ser un Negro. De sangre negra. El racista no justifica la discriminación por el color de la piel. Habla del color, pero en realidad lo que importa para él es la naturaleza, de la cual el color no es más que un signo.

Si el racismo se basara en diferencias reales, su intensidad sería proporcional a la intensidad de éstas; pero la violencia del antisemitismo nazi demuestra lo contrario. La práctica inexistencia de diferencias reconocibles entre Judíos y «Arios» era simplemente un signo más, el signo de la duplicidad de los Judíos. Los nazis, al hablar de la «nariz judía», no hablaban de «la forma de nariz que es más habitual encontrar entre los Judíos»; la «nariz judía» no era simplemente la nariz de los Judíos, era la nariz como signo de la esencia judía, y lo que justificaba el asesinato a los ojos de los nazis era esa misma esencia, esa naturaleza.

También se dice que el rey es rey porque lleva una corona sobre la cabeza, sabiendo que a veces no la lleva y que no es por llevar la corona que es rey; para el monárquico, el rey es rey porque es de sangre real, de naturaleza real; la corona no es más que el signo de ello.

Cualquier cosa puede ser el signo de una naturaleza y puede ser interpretado como tal. Por eso son tan frustrantes las discusiones con los racistas. Al racista no le preocupa demasiado reflexionar y argumentar de forma coherente; para él, cualquier argumento es superficial, no atañe más que a los signos, no puede alcanzar la naturaleza, ya que la naturaleza prescinde de argumentos. El racista acepta discutir de todo: del color, de la altura (los Negros son demasiado pequeños, o demasiado grandes, depende de las zonas), del acento, de la forma de la nariz; de todas maneras no le importa discutir, porque para él la naturalezapermanece.

Para el racista, la naturaleza de los seres es lo que justifica la discriminación: literalmente, lo que permite afirmar su diferencia. No necesita postular la inferioridad; entre seres de naturaleza diferente cualquier comparación es imposible. El apartheid es el desarrollo separado: cada uno en su sitio. El racista surafricano negará que los Negros sean desfavorecidos: carece de sentido, ya que su naturaleza es diferente. Las chabolas son a los Negros lo que las viviendas cómodas son a los Blancos. Por muy extraño que esto parezca, apostaría la cabeza a que los traficantes de esclavos del siglo XVIII negaban que para ellos los Negros fuesen inferiores; pues, por muy extraño que esto parezca, demasiadas veces he oído comedores de carne (anarquistas, claro está) que niegan que los «animales» sean inferiores para ellos: «no, inferiores no, diferentes».

El discurso sexista también se basa de forma explicita en afirmar que existen dos naturalezas distintas, femenina y masculina, y en el elogio de la Mujer, la Madre, la Esposa, cuya felicidad y honor consisten en fundar naciones fregando platos. «¡A mí me gustan las mujeres!», dice el sexista (o «las pavas» o «las gallinas»).

Desde el popular «no soy racista» hasta el «elogio de la diferencia» al estilo de la nueva derecha, el racismo y el sexismo siempre se fundamentan en la idea de diferencias de naturaleza. Y estas ideologías son falsas no por el hecho de que la piel blanca sea «igual» a la piel negra, sino porque esta naturaleza simplemente no existe. Pero son tanto más creíbles que casi todos, a escondidas, aceptan su principio, y, estoy convencido, lo aceptan porque ese es el precio a pagar por la supervivencia del especismo. Para mantener el especismo, todos aceptan la idea de una naturaleza animal, y, por lo tanto, todos, a pesar suyo, aceptan la idea de una naturaleza humana. Y ahí empieza la gimnasia intelectual de los antirracistas especistas.

Mismo principio, mismo discurso: «No soy especista» y «los animales no son inferiores, son diferentes». «Ser comidos, es su finalidad natural». El signo de esta naturaleza es que se comen unos a otros. Son felices así: los cerdos sonríen en los escaparates de las carnicerías.

Se puede ser antirracista y sexista a la vez, se puede ser antirracista y antisexista siendo especista. Pueden perfectamente decirme: «todo esto es cierto, pero para los animales esta comparación no es válida, puesto que los humanos son iguales, pero los animales, en cambio, son diferentes».

¡Y hay un montón de diferencias entre el hombre y el «animal»! Es que no han faltado los medios para catalogarlas, como lo demuestra esta serena confesión:

Durante mucho tiempo, la principal preocupación de los moralistas, filósofos y, más tarde, investigadores en ciencias humanas fue rechazar cualquier vinculación del Hombre al mundo de los animales, o, por lo menos, encontrarle una dimensión específica que lo librara de una familia vergonzosa, de una promiscuidad embarazosa.

J.-M. Bourre, Dietética del cerebro

Sin embargo, los humanos también son diferentes unos de otros, todos lo sabemos, claro está. Diciendo que son iguales, sólo decimos una cosa: son de misma naturaleza. Y, también, que los «animales» son diferentes de los humanos, no por el número de patas, sino por su naturaleza.

«La razón es lo propio del hombre». La «razón» es el signo dominante para el especista, y es por esto -y sólo por esto- que me detendré un momento en el tema de la igualdad de inteligencia; tema que de hecho, hay que reconocerlo, me preocupa muy poco. En cambio, es un tema que ha sido muy debatido por los especistas racistas y antirracistas.

Para algunos, la inteligencia es un signo del alma, y el alma es la naturaleza de los humanos. Pero para los demás, ¿qué es la naturaleza de los humanos?

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Los cerdos sonríen delante de los escaparates de las carnicerías, mostrando así que su finalidad, su íntima vocación, su naturaleza, es convertirse en jamón.

¿Qué es un humano?

La naturaleza de los seres ha servido, muchas veces, para justificar muchas cosas: el racismo, la guerra, el orden social establecido. «Ser de derechas es pensar que el Hombre posee una naturaleza inmutable» (Le Pen, citado de memoria). Para los cristianos, el alma proviene de Dios; para los demás, la naturaleza de los seres proviene de la Naturaleza, del Dios Naturaleza que todos veneran y cuyos sacerdotes son los ecologistas. La naturaleza de un ser sería lo «innato», lo que antes del nacimiento da la Naturaleza.

En cuanto a la gente de izquierdas, no puede aceptar tal cual este discurso sobre la naturaleza humana; dice: «lo humano resulta de la naturaleza, pero ésta se ha borrado dejando paso libre a lo propiamente humano, a la Historia, a lo Cultural, a lo Social; el Hombre sigue siendo un animal, en sus funciones animales, pero en sus funciones elevadas, tales como la inteligencia, es radicalmente otro».

Así pues, considera que la naturaleza del Hombre encuentra su definición en la ausencia de naturaleza; ellos, los «animales», tendrían una -cada «animal» según su especie, pues, ante todo, todos tendrían la «naturaleza animal» - la naturaleza de tener una naturaleza. Y si esto equivale a fundamentar la igualdad humana en el aplastamiento de los demás animales, no es una casualidad; es porque los de izquierdas son antirracistas, pero sobre todo nada antiespecistas. Una crítica real de la noción de naturaleza de un ser, verdad profunda y papel asignado por la Naturaleza; esta crítica que se abstienen de hacer dinamitaría el racismo -pero también el especismo.

El antirracista especista tiene este problema: justificar el especismo, sin justificar el racismo; mantener la idea de naturaleza, basada en el nacimiento; la idea que la Naturaleza le ha dado al Hombre el nacimiento de mayor alcurnia, la naturaleza de ser libre (nada «innato» por encima de la cintura). Para los «animales», en cambio, la naturaleza de esclavos sometidos al instinto. El racista no tiene este problema; el Blanco y el Negro, el gato y el ratón, cada uno tiene su naturaleza, su sitio y su papel en la armonía natural y social. El racista puede, con mucha más facilidad que el anti-, hacerse el paternalista y militar por la «defensa de los animales», por un buen trato a los animales de carnicería.

Al gritar «Naturaleza con nosotros», especistas racistas y anti- discuten sobre lo «innato» y lo «adquirido», peleándose acerca de los signos: ¿tienen todos los humanos la misma inteligencia? Y sobre todo: ¿son innatas las diferencias de inteligencia? ¿es la jerarquía entre humanos algo dispuesto por la Naturaleza? En búsqueda de signos, los antiguos interpretaban el hígado de las becerras, los modernos interpretan nuestro cerebro.

La creencia vuelve ciego y este debate puede durar. Sin embargo, para el que no es ciego la respuesta se ve enseguida: 1. los humanos no son más iguales en inteligencia que en otra cosa; 2. la inteligencia resulta, como cualquier característica de un ser vivo, de una conjunción de causas genéticas y medioambientales, y por lo tanto, los genes pueden causar diferencias de inteligencia. Hechos conocidos por todos. Y si justifican el racismo, entonces el racismo es justo y el especismo también lo es. Si no justifican el racismo, entonces nada justifica ni el racismo ni el especismo.

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Los signos que demuestran la presencia del alma, según el Abate Bouvet, en Premières Notions d'instruction religieuse et Leçons de choses religieuses(Primeras nociones de instrucción religiosa y Lecciones sobre cuestiones religiosas), 1938.
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SOBRE EL AUTOR: 

David Olivier


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