¿Qué es el especismo? Parte 3

Los humanos no son iguales en inteligencia

No es que tenga un interés especial en definir la inteligencia. Si preferimos no hablar de ella por considerar que no se puede definir, pues no hablemos, ni siquiera para comparar a los humanos entre sí ni para comparar a los humanos con los demás animales. Por otra parte, también podemos hablar de la inteligencia sin necesidad de dar una definición irrefutable. Para comparar la longitud del cuello de las jirafas con la mía, no necesito una definición exacta de la longitud. Y por poco que queramos darle el más mínimo sentido a este vocablo, es obvio que algunos humanos son más inteligentes que otros.

Existen numerosos humanos disminuidos mentales profundos. Puede que me digan, pensando en salvarlos del desprecio, que son inteligentes a su manera. Pero si queremos decir esto, no puede ser con el sentido que se le da a la «inteligencia» en los debates sobre su igualdad entre Negros y Blancos.

Es difícil comparar la inteligencia de un gato con la de un perro, y asimismo la de un humano disminuido mental con la de un perro; pero es obvio que, sea cual sea el criterio que queramos seguir, existen humanos menos inteligentes que la mayor parte de los perros.

Si la inteligencia de los humanos justifica que no los tratemos como perros, ¿cómo tratamos a los humanos que son menos inteligentes que los perros? Seguro que mal, pero no tan mal como a los animales no humanos. Los disminuidos nos recuerdan demasiado a los «animales», igual que aquella Blanca que se avergonzaba de parecerse a una Negra; sin embargo, para los especistas, racistas o anti-, la inteligencia no es más que un signo, lo que importa es la naturaleza: «a pesar de todo, los disminuidos son humanos». La idea misma de cortarlos en pedazos para la investigación o de sacrificarlos para la pitanza -a lo que están sometidos cada día millones de animales- se considerará un escándalo.

La existencia de humanos disminuidos mentales basta por sí misma para justificar mi subtítulo. Me dirán que el objeto del debate es la inteligencia de los Negros y los Blancos. Olvidamos fácilmente a los disminuidos, «casos marginales», un poco como olvidamos a los no humanos: no hacen manifestaciones en la calle. Sin embargo, su caso es pertinente: si los especistas racistas y anti- discuten acerca de la inteligencia de Blancos y Negros, es porque para ellos la inteligencia está relacionada con el derecho al respeto; de ahí que para ellos el único derecho que tienen los disminuidos es el desprecio.

Para los Negros y los Blancos (o los Franceses y los Belgas), las cosas no son tan claras. Sólo podemos hablar de medias: para los individuos, el asunto está zanjado, ya que en cada grupo hay disminuidos mentales y otros que no lo son. ¿Pero medias de qué? Existen pruebas de CI; podemos ponerlas en tela de juicio, construir otros criterios, pero, excepto por una casualidad improbable, ninguno de ellos dará la misma media en dos grupos determinados. Puede que encontremos criterios según los cuales los Negros alcanzan una media superior a la de los Blancos, y otros en los que sea el contrario; pero, a no ser que decidamos que el criterio exacto construido para dar las mismas medias es, por definición, «la prueba correcta», siempre tendremos lo siguiente: sea cual sea el sentido de la palabra, la inteligencia de los dos grupos no es igual.

Los genes producen diferencias de inteligencia entre humanos

Nadie pondrá en tela de juicio que la diferencia de inteligencia entre un perro y un humano tenga un origen genético, y por lo tanto que exista una relación entre inteligencia y genes; pero es entre humanos que quisiéramos borrar los genes. Sin embargo, una vez más, tenemos pruebas de lo contrario: existen los «casos marginales».

Muchas minusvalías mentales tienen un origen genético. Por ejemplo, un gen determinado hace que algunos humanos nazcan con fenilcetonuria. A consecuencia de ello, se convierten en minusválidos mentales profundos y mueren jóvenes -excepto que, hoy en día, se conoce una dieta alimenticia que hace que puedan desarrollarse como todos. De ahí mi afirmación: la inteligencia, al igual que cualquier carácter, es el resultado de una conjunción de causas, que podemos clasificar, si queremos, en genes y entorno. En el caso de los fenilcetonúricos, conocemos un entorno (dieta alimenticia) en el que su inteligencia puede desarrollarse; para otros humanos, igual que para los perros, no conocemos ninguno. Pero ¿en qué aspectos cambia esto su naturaleza? ¿Se encuentra, por naturaleza, un fenilcetonúrico más cerca de un humano normal que de un perro? ¿Está condicionada su naturaleza por sus genes o su dieta alimenticia? ¿O será que la naturaleza de los seres es una quimera?

¿Y los Blancos y los Negros? El genoma influye - nadie lo pone en tela de juicio- en la pigmentación de los Negros. Un número elevado de Negros viven en zonas poco soleadas, en las que esta pigmentación puede generar una producción insuficiente de vitamina D, con el riesgo resultante de raquitismo. Es posible que el raquitismo perturbe el desarrollo de la inteligencia, en cuyo caso algunos Negros son menos inteligentes por causas genéticas, y la media de inteligencia de los Negros se ve reducida por causas genéticas.

Esto es una hipótesis, y si es cierta, también es probable que el efecto aludido sea leve. Un suplemento alimenticio en vitamina D lo suprimiría. Pero éste es otro ejemplo pertinente: si queremos demostrar que la diferencia genética entre Blancos y Negros no incide de ninguna manera en sus medias de inteligencia, hay que poder eliminar cualquier camino causal que lleve de sus diferencias genéticas a la inteligencia- y esto es lo que resulta totalmente inverosímil. En diez minutos, puedo imaginar diez de ellas, para los Blancos y los Negros o para los Franceses y los Belgas. Tendríamos que confiar mucho en la bondad, en la voluntad antirracista feroz de la Madre Naturaleza para creer que no se verifica ninguno de estos motivos realmente o que, por arte de magia, todos se compensan.

La idea de la «igualdad genética» de los grupos humanos es falsa. ¿Y qué interés tenemos en defenderla? ¿Qué relación tiene con el racismo? ¿Estaría justificado el racismo si casualmente los genes implicaran pigmentación, la pigmentación falta de vitamina D, la falta de vitamina D raquitismo, el raquitismo inteligencia menor? ¿Acaso el nivel de inteligencia se convierte en naturaleza cuando es determinado por los genes?

Me contestarán que cuando se discute acerca de la igualdad genética de la inteligencia no es de eso de lo que hablamos, ya que, justamente, la genética real, aquella de la que hablo, es una causa y una serie de consecuencias. La genética de la que se suele hablar es la mítica, aquella en la que el gen es nuestra naturaleza, es nuestro ser, nuestra verdad, nuestra esencia; nuestro destino, lo inalterable, lo irremediable, lo que la Naturaleza dicta. En la genética, vemos la materialización «científica» de la mística ancestral de la sangre, del nacimiento. Esta genética no existe, sólo existe en la mente de los racistas, sexistas y especistas, cuyo deseo común es discutir para saber si la naturaleza de los Negros es o no más animal que la de los Blancos. Ya pueden seguir discutiendo sobre esto entre sí durante siglos. Los Negros son animales igual que los Blancos. La inteligencia innata no existe. Sólo hay una inteligencia real, los genes mismos no son inteligentes, no tienen ni voluntad ni intención, a pesar de los intentos apenas disimulados -especialidad de los sociobiólogos- para concederles un alma.

¿Y qué?

Hablan de esta cosa que tenemos en la cabeza (...). ¿Qué relación tiene con los derechos de las mujeres o los derechos de los Negros? Si en mi jarra sólo cabe una pinta y en la vuestra un litro, ¿no sería cruel por parte vuestra no permitirme llenar mi pequeña media medida?

Sojourner Truth, feminista negra, ante una convención feminista en Estados Unidos en 1850, citada en Animal Liberation, P. Singer

Pero ¿por qué le damos tanta importancia a la inteligencia?

¿Por su importancia real, práctica? Justificamos el énfasis puesto en ella diciendo que, hoy en día, la fuerza física ya no es de gran utilidad. Se supone que la inteligencia hace de un individuo un miembro útil a la comunidad, se la recompensaría con consideración social.

¿Son los más útiles para la comunidad los que están en lo alto de la jerarquía social? Prefiero darle la vuelta a la explicación: en una sociedad conflictiva, la inteligencia es un arma. Se dijo que «la liberación de los oprimidos será la obra de los propios oprimidos», y por desgracia hay algo de verdad en ello. La liberación de los Negros americanos se debe en gran medida a su propia actuación, que no se hubiera producido si sólo tuvieran la inteligencia de las gallinas. Asimismo, la idea de que los Negros son menos inteligentes que los Blancos sirve para desmoralizarles en su lucha por la igualdad social.

Tal desigualdad en cuanto a la inteligencia, ya fuera «innata» o bien «adquirida», sería una mala noticia que haría aún más difícil la lucha antirracista. Sin embargo, no la haría injusta. Nuestra cultura mezcla demasiado fuerza con derecho al respeto. Los Negros americanos ya no son esclavos, las gallinas lo siguen siendo; la inteligencia de los Negros explica en parte su liberación, no es la que la justifica.

Image de livre dinitiation au judasme

El signo que muestra que tenemos derecho a comerlos, según Ch. Szlakmann, en Le Judaïsme pour débutants (El Judaísmo para principiantes), ed. La Découverte, 1985.

La inteligencia permite «hacerse respetar», pero sobre todo tiene un papel mágico: como principal signo de humanitud. Los Negros son negros, las bestias son bestias. Y al ser humano le importa su rango de humano por encima de todo. La inmensidad del sufrimiento y la miseria que los humanos infligen hoy en día a los otros animales es perfectamente conocida por todos. Si los humanos llegan a no darle importancia, es sólo a causa del especismo. Las bestias tienen que ser radicalmente diferentes y nosotros inteligentes. Y el hecho mismo de que la inteligencia sea un arma de promoción social la designa como signo: la sociedad misma se define en contra de los animales no humanos, y la promoción social constituye una prueba de humanitud.

Signos a montones

Se evocan muchas razones para justificar lo que los humanos hacen a los otros animales, demasiadas razones. Para sus inventores, la verdad que se pretende demostrar se da por adelantado. El especista las evoca una tras otra; ninguna se tiene en pie. No importa, en nuestra cultura profundamente especista cada una lleva a las otras y se sustenta en ellas, sin que nadie sospeche que el conjunto se mantiene en el vacío.

Estas razones no son razones, no son más que signos. Evidentemente, nadie se molesta en mostrar en qué justifican la dominación de los humanos sobre los demás. Y poco importa que todos tengan el mismo defecto, el de no incluir a todos los humanos, so pena de incluir también a no humanos.

Los signos son innumerables. Cualquier característica puede servir, mientras parezca «noble» y propio de los humanos. Las herramientas eran «lo propio del Hombre», hasta el momento en que descubrimos que un pájaro también las usa. Al poseer lo propio del Hombre, se dijo que la vida de este pájaro era sagrada igual que la de un humano. ¡No, evidentemente, estoy bromeando! Seguro que lo habían entendido. Comiéndose al pájaro, dijeron: sólo los humanos fabrican herramientas. Pero algunos chimpancés también las fabrican, y este filón cae por su propio peso.

Otro filón: el lenguaje. Se dijo que los animales no tenían lenguaje, pero, como los perros saben aullar, se especificó: lenguaje articulado. Desde entonces, se les enseñó a algunos monos el lenguaje gestual de los sordomudos humanos, con sintaxis y todo (están menos capacitados que nosotros, pero lo esencial está), y también se ha renunciado a este filón (se ha evitado especificar lenguaje sonoro, ya que los sordomudos, a diferencia de los autistas, saben defenderse por sí solos).

¿Y de qué manera la ausencia de lenguaje justifica la masacre? Me han explicado que si un ser no puede decir que sufre, no se puede saber. Sin embargo, todos los mamíferos muestran los mismos signos de sufrimiento que los humanos; sería sorprendente que fenómenos tan similares no tuvieran la misma causa. Pocas ciencias serían posibles si se exigiera que su objeto tuviera el don de la palabra. Asimismo: «Si un ser no puede conceptualizar su sufrimiento, éste no existe, es meramente físico». Las feministas, justamente, han mostrado como durante siglos las mujeres sufrieron en silencio porque faltaban los conceptos para expresar lo que sentían. Un paso decisivo en su liberación fue el lograr forjar conceptos para decir y pensar lo que vivían. Antes de lo cual, ¿era su sufrimiento «meramente físico»?

De los siguientes criterios: «el animal sabe, el hombre sabe que sabe» (Teilhard de Chardin); «el animal no tiene conciencia de sí mismo»; «sólo los humanos tienen una personalidad única». Falso, confuso, o los dos, nada de esto resiste al examen científico más sencillo. Y de todas formas, ¿qué cambiaría esto? ¿El saber que uno sabe o la «conciencia de sí» o la «personalidad», acaso es lo que le da su valor a la vida? Son esas «cosas indecibles» -esas naturalezas- que justifican las masacres, tanto de las gallinas como de los Judíos.

También está «el instinto animal» opuesto a «la razón humana». Esta forma de plantear el problema demuestra sobre todo la ignorancia crasa que los humanos tienen de los demás animales, su conocimiento hecho de estereotipos machacones. Los racistas, por lo general, tampoco saben nada de aquellos a quienes desprecian; pero las fábulas racistas y especistas no son más que eso: fábulas, formas de decir lo indecible, la naturaleza.

Una idea como otra

Sería perfectamente posible criar niños humanos, desde el nacimiento, en un aislamiento relacional y sensorial tal que no les permitiera desarrollar ninguna de las tan nobles cualidades «propiamente humanas». Criados en tales condiciones, equivalentes a las que sufren los terneros, podrían sufrir entonces la misma suerte, «porque fueron concebidos para eso» («nunca conocieron otra cosa»). ¿En qué debería preocuparnos la suerte de tales seres asociales incapaces de hablar, de usar herramientas, sin lazos afectivos y que ni siquiera saben que saben? Si esto le parece escandaloso, estoy de acuerdo con usted; pero si no le parece igualmente escandaloso lo que les hacemos a los terneros, entonces es usted especista. No quiere que se les haga eso a los humanos porque son de su especie. Entonces, ¿de qué argumentos serios se podrá valer frente a un racista que, a su vez, se negaría a que les hicieran esto a los de su raza?

Las naturalezas tapan lo real

¿En qué debería preocuparnos la suerte de un ser cualquiera? ¿Qué es lo que importa para decir si debemos abstenernos de hacerle daño?

Nada, si queremos. Podemos, si queremos, matar y torturar a quien queramos. Podemos decidir no torturar más que a los Negros o a los diestros, si queremos. Uno puede decidir torturarse a sí mismo; pero esto, pocas veces lo hace. ¿Por qué? Porque hace sufrir, porque va en contra de sus propios intereses.

Evitar hacer daño al prójimo, es decidir extender al prójimo la consideración que uno tiene por sus propios intereses. La ética, no es otra cosa. ¿Y qué es lo que debe determinar de quiénes se tomarán en cuenta los intereses? ¿Sólo de los Blancos? ¿Por qué de los Blancos? ¿Sólo de los seres inteligentes? ¿O sociales? Cuando uno toma en cuenta sus propios intereses, no se pregunta si es inteligente o social. Esto no tiene nada que ver con el problema. Tener dolor duele, que uno sea social o no.

A cada cosa real sus consecuencias reales. La inteligencia de un ser es importante para muchas cosas, pero no tiene ninguna relación con el hecho de que sea grave o no infligirle dolor. Entonces, ¿qué es lo que importa a este respecto?

A cada cosa real sus consecuencias reales. Al hecho de que a un ser le pueda doler, su consecuencia: evitar infligirle dolor. Esto con independencia de cualquier otra característica de dicho ser. La ética no racista, no sexista, no especista, es ésta.

Si un ser es sensible, puede sufrir o gozar, su sufrimiento y su goce tienen la misma importancia que la de cualquier otro. Cualquier diferencia significativa atribuida a los intereses de dos seres es necesariamente arbitraria, ya que está basada en algo sin relación con el motivo por el que se toman en cuenta esos intereses, pues dicho motivo es simplemente su existencia.

El sufrimiento, es el sufrimiento, el placer, es el placer: ésta es la única igualdad que me importa. Si las piedras pueden sufrir o gozar, debemos tomar en cuenta su interés en no sufrir y en experimentar felicidad, tenga o no, cada piedra, una «personalidad única». Si las piedras no pueden sufrir y gozar, como muy probablemente es el caso, nada hay que tomar en cuenta.

En la práctica, ¿qué se puede hacer? A nosotros que no comemos carne, a menudo nos reprochan, con una sonrisa socarrona, que despreciamos las plantas; sin embargo, los que tan apresuradamente ostentan su simpatía por las plantas comen diez veces más plantas que nosotros, a través de los animales a los que crían con una vida miserable y luego matan. No importa, no despreciamos ni las plantas ni las piedras. El desprecio es una actitud racista en sí. El desprecio juzga inferior la naturaleza de un ser; a mí me importa lo real. El carácter sensible o no de un ser es un carácter real. Por consiguiente, lo que me interesa saber es: ¿quién lo posee, quién puede sufrir?

¿Cómo saber si las plantas o las piedras pueden sufrir? Es una pregunta difícil de resolver en abstracto, sin embargo, en la práctica es fácil llegar a conclusiones simples. De ello hablaré en el próximo IRL. Ahora bien, cualquier mente no especista estará de acuerdo conmigo en que la capacidad de sufrimiento de los pájaros, peces y mamíferos no humanos es tan verosímil y cierta como la de los humanos, lo que determina la primera y la más simple de las consecuencias: dejar de comerlos.
Viene de la segunda parte


SOBRE EL AUTOR: 

David Olivier


<< El Especismo Parte 2     ﴾ ∞ ﴿           Terapia Con Tejido Sanador >>